La luz nunca llegó

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Aterricé en tus besos una tarde de mayo, sin tiempo y olvide en casa los antiguos miedos. Allí estabas tú en aquella ultima tarde antes de mi partida. No volveré a este lugar, me perderé otra vez mi burbuja.

Sabía que tarde o temprano te atreverías a abrir la habitación y mostrarme los senderos que llevan a la muerte en ese otro lugar. En la selva hace frío y la hojarasca no me deja ver las galaxias que sé hay en tus labios. Anduvimos perezosos jugando entre las sábanas que vuelven a agitarse en nuestro océano.

Siempre regresa esa musa que estrangula el cuello de las mariposas y cuenta los minutos para mi muerte. Si pudiera resucitar elegiría el precipicio de tus ojos para volver a caer y bostezar bajo el cemento. La crudeza de unos ángeles que saben que ya es mi momento para embarcar al abismo, para hundir en el barro mi pies y por fin ser árbol. Y así ver pasar el tiempo y contemplar el vacío que dejamos tras el terremoto.

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Tiempo perdido

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