Wabi-Sabi

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Venimos de la nada y hacia la nada nos dirigimos. Entremedio somos algo. Y ese algo es lo que llamamos vida. Tiempo atrás estuve muy preocupado por medir esta chispa entre la oscuridad que nos precede y la que nos seguirá. Pensaba en la existencia como en una bolsa más o menos cargada de horas, días, meses y años, y me angustiaba pensar que cada minuto vivido era un minuto menos en la cuenta atrás hacia un lugar que desconozco, pero al que no tengo ninguna prisa por llegar. Aún no había entendido que unos segundos de intensa felicidad dejan una huella más profunda en el alma que toda una vida de monótona espera. Hasta los treinta y siete años viví encerrado en una prisión de soledad que había edificado yo mismo ladrillo a ladrillo. Después de cerrar los muros a mi alrededor, enterré la llave para que nadie pudiera entrar. Pero un gato callejero logró desenterrar la llave y, con felinas estratagemas, me hizo abrir las puertas al mundo.

Desde entonces vivo con él —Mishima para los amigos— y con algunos extraños compañeros de viaje.
Justo encima de mi apartamento en el barcelonés barrio de Gracia está Titus, un viejo redactor de libros inspiradores al que ayudo cuando me lo permiten las clases en la universidad.

Mishima me llevó hasta él, y él me devolvió a Gabriela, de quien estoy enamorado pesar de que casi no sé nada de su pasado, ni de su presente cuando no está conmigo.
Quizá por eso no quiere que vivamos juntos, y me he visto obligado a hacer de hombre moderno: una pareja, dos apartamentos.
Durante un tiempo compartí casa con Valdemar, un físico excéntrico que exploraba la cara oculta de la Luna, y que un buen día desapareció dejando su telescopio montado en la cocina de Titus. Nos ha quedado un manuscrito con sus investigaciones, además del vacío irreparable que dejan las personas que han significado algo para nosotros.
Cuando Titus y yo nos ponemos melancólicos, volvemos a montar el telescopio y apuntamos a la Luna, como si Valdemar hubiera encontrado la manera de llegar y pudiera enviarnos señales de un momento a otro.

Algún día volverá o nosotros volveremos a él, porque todos formamos parte de esta gran olla cósmica —siempre en el fuego— donde no se desperdicia ningún ingrediente.
Con el tiempo he comprendido que no es la soledad, sino los otros, la manera de conocerse a uno mismo. Una vez has renunciado a todo, es relativamente sencillo subir a una montaña y esperar a que se consuman los días sin más. Lo más difícil, el arte supremo, es relacionarse con quien es diferente a ti, porque nuestra habilidad en este campo nos da nuestra verdadera medida como seres humanos.

Yo debo de ser un simple aprendiz, ya que no dejan de sorprenderme las decisiones de las personas de mi alrededor. « Alrededor » puede ser una expresión muy amplia, como comprobaría la primera mañana de junio, cuando bajé las escaleras de casa y abrí el buzón…

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El gato que saluda

Dado que habíamos entrado en la recta final del curso, no esperaba en el correo nada más que circulares de la universidad que me convocaban a claustros —horrible palabra, por cierto— o el programa de los seminarios de verano.
En lugar de papeleo académico, sin embargo, dentro del buzón me esperaba únicamente una postal. La acerqué a la luz para verla mejor: mostraba un gato de porcelana blanca con la patita izquierda levantada.
Al girar la imagen esperé encontrar la dirección de algún nuevo bazar chino del barrio, la clase de lugares
donde ves estas figuritas, pero curiosamente la postal estaba sellada en Japón. Aparte de mi dirección, escrita a mano con una pluma muy fina, en el espacio reservado al mensaje había una sola palabra:

 WABI – SABI

Perplejo, me quedé un rato plantado ante el buzón, mirando alternativamente la fotografía y aquella misteriosa palabra. No entendía quién podía haberme enviado aquello desde tan lejos ni por qué, pero la intuición me decía que aquel gatito inocente —si es que lo era— acarrearía consecuencias. El último gato que había llegado a mi puerta, Mishima, había provocado un huracán de acontecimientos, por lo que era necesario no tomarse el asunto a la ligera.De momento, el gato de la postal ya había alterado mis planes de la mañana, ya que en lugar de salir a la calle subí las escaleras hasta el ático y llamé a la puerta de Titus.
Se abrió con un zumbido, señal de que mi vecino estaba atareado con un libro de encargo. Efectivamente, nada más empujar la puerta sentí su rápido tecleo sobre un fondo de música de jazz. En el aire flotaban finas serpientes de humo, lo que confirmaba que se hallaba en pleno trabajo. Titus sólo encendía sus barritas de incienso cuando redactaba.
Antes de abandonar el pasillo que daba al salón-estudio, me detuve un instante ante El caminante sobre el mar de niebla, un cuadro de Caspar David Friedrich del que Titus tiene una reproducción. Aunque lo había visto decenas de veces, aquel joven romántico subido a un brumoso risco me seguía impresionando.

—¿Vas a quedarte ahí plantado? —me recibió bruscamente. Entré en la sala presidida por el escritorio donde Titus había interrumpido la escritura y me escrutaba con curiosidad.
—Estás trabajando…
—Eso parece, ¿no? —dijo irónico— Faltan exactamente cuatro días para el vencimiento del plazo de entrega de Ríase por un céntimo y aún me falta una cuarta parte y el prólogo sobre risoterapia.
—Qué título más absurdo… ¿De qué va?
—Es la adaptación de un libro americano: una antología de mil chistes que se venderá a diez euros, es decir, a un céntimo cada dosis de risas.
—Muy ingenioso.
—No es idea mía. Y no puedo garantizar que hagan reír. Los que estoy encontrando a mí no me hacen ninguna gracia —dijo mientras me señalaba un montón de
libros llenos de post-its en un extremo de la mesa.
—Entonces te dejo trabajar.
—Espera. ¿Qué querías decirme?

Tras valorar el riesgo de que Titus me ordenara buscar chistes para el libro, la curiosidad que me había producido la postal pudo más, así que la dejé caer sobre la mesa. Luego senté en el sofá del estudio a la espera de su comentario.

—Interesante —sonrió— ¿Quién te las envía?
—No lo sé. Falta el remitente. Sólo ha escrito esta palabra compuesta. ¿Sabes lo que significa?
—Wabi-sabi…

Titus había pronunciado la inscripción como si fuera un conjuro mágico. Justo en ese momento, un tren en miniatura que tenía en una mesita arrimada a la pared comenzó a  circular, entrando y saliendo de túneles mientras emitía un suave silbido.

—Casi me has asustado —dije—. ¿Cuántos interruptores tienes en la mesa?
—Sólo dos: el de la puerta y el del circuito de trenes.  Ya sabes que me ayuda a concentrarme… Pero ahora mismo no te puedo dar una respuesta, y eso que el término no me resulta desconocido. Pregúntale a Gabriela.  Ella vivió en Japón, ¿no?
—Está en París y no vuelve hasta la próxima semana. Mientras tanto, tal vez el gato de porcelana nos dé alguna pista.

Titus siguió con el dedo la silueta de la figurita mientras decía:

—Eso no es ningún misterio: se trata de un manekineko.En Japón los hay a millones.
—¿Qué es un maneki-neko?
—Míralo en el tercer libro de aquel estante —dijo Titus mientras me señalaba una librería al fondo del salón—.Es curioso que no lo recuerdes, porque tú mismo ayudaste a redactarlo.
—Al final lo escribió Valdemar, ¿no lo recuerdas?
—Respondí mientras sacaba un ejemplar de Pequeño curso de magia cotidiana. Efectivamente, en el capítulo «Filosofía felina» había un apartado dedicado a ese personaje:

MANEKI-NEKO: EL GATO DE LA SUERTE

El origen de esta figura tan popular en los comercios japoneses hay que buscarlo en China, donde en el siglo noveno se creía que cuando un gato se lava la oreja con la pata es señal de que vendrá un invitado. La inquietud del animal ante la llegada de un extraño se refleja en el gesto de hacer la limpieza de su cara. Otras fuentes afirman que el origen está en una historia real que tuvo lugar durante el periodo Edo (1603-1868). Un gato llamado Tama se encontraba siempre en el porche de un templo de la zona oeste de Tokio, construido frente a un gran árbol. Un día de lluvia, un caballero se refugió bajo el árbol y Tama no paró de llamarle la atención haciendo gestos con la pata. Lleno de curiosidad, el caballero salió de su refugio y se acercó al gato. En ese instante un rayo fulminó el árbol y todo lo que estaba a su alrededor.

Conmovido por el gesto del gato, el caballero se convirtió en benefactor del templo.  Otra narración explica que una mujer muy pobre, Imada, abandonó a su gato porque no podía ni siquiera mantenerse a sí misma. Entonces en un sueño se le apareció el animal, que le daba instrucciones para que modelasen su figura en arcilla y así atraer la buena suerte. La mujer lo hizo y, una vez terminada, un paseante vio la figura e insistió en comprarla. A partir de este día, Imad hizo tantas figuras y tantos clientes las compraron que alivió sus penurias económicas.

—Muy ilustrador —dije algo burlón—, pero eso no explica nada. ¿Por qué me envía alguien un gato de la suerte? No conozco a nadie en Japón.
—Quizá avisa de la llegada de un desconocido… O quizás necesites suerte para alguna aventura que vas a emprender pronto. Recibí las dos posibilidades como un oráculo siniestro. La experiencia me decía que la llegada de un extraño siempre arrastra una pesada cola de complicaciones. Por otra parte, a las aventuras para las que necesitas fortuna yo las llamo simplemente calamidades. Quedaba por descubrir qué significaba aquella inscripción, «WABI-SABI», pero algo me decía que no tardaría en saberlo.

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