Me abandonó mi tabla de planchar

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La semana pasada mi tabla de planchar me abandonó. El día que llegó a casa me aseguraron que pertenecía a una ilustre familia.

Desde hace tiempo era lo único que me daba conversación. Por las noches me explicaba secretos de todas las camisas ilustres que planchó. Desde políticos corruptos, ciclistas o toreros. Trajes de novia pagados en B, calzoncillos de color madalena y calcetines cubanos.

Ella me dejó una tarde y me tiré en plancha por el balcón.

—¡Si tanto la quieres vete con ella!

El error fue adquirir una secadora con sistema antiarrugas.  Hasta mis camisas se declararon en huelga cuando mi tabla se fue.

Ahora estoy triste y no puedo dejar de pensar en ella.

Nos conocimos en Caprabo. Mis amigos me admiraban. Poca gente puede presumir de ir al cine con una tabla de planchar de 1.80m.

Ahora añoro doblar sus hierros, acurrucarla en el armario. Soplarle mis vapores. La necesito porque sin ella no soy nada.

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