Los muñecos del desván

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No estamos solos. Ellos siempre están en algún lugar de la casa a la espera de que abramos la puerta del desván. Tal vez en nuestros sueños.

Alquilamos la casa al lado de la iglesia por el bajo precio y por las vistas a la antigua muralla. Desde la ventana del pequeño salón se veía la entrada a la vieja iglesia y un paisaje de cruces sobre el río. A Martina  no le importaba pero a mí  me horrorizaban las sombras sobre el paisaje de penumbra.

—Aquí estarán Ustedes bien—dijo el agente inmobiliario antes de dejarnos las llaves sobre la mesa y marcharse a toda prisa. Cerró la puerta y una corriente de aire silbó entre las sombras de la escalera.  La otra parte de la casa nunca llegamos a verla.

—Necesitamos decorar el salón. ¿Vamos al pueblo?—dijo Martina mientras me enseñaba las llaves del coche.

La verdad, yo  prefería desembalar las cajas y colocar nuestras fotografías en la vitrina. Siempre me pareció que una casa no es realmente tuya hasta que colocas tus fotografías. Pero accedí y cuando quise darme cuenta ya conducía por una carretera incierta.

Regresamos de la ciudad a última hora de la noche. A ella le gustaba ver cada escaparate y  cada oferta de calzado. No me importaba esperar. Me gustaba mirar a Martina y verla perder la mirada en los botines y tacones de temporada. Creo que me enamoraba más en esos momentos que me sentía libre para contemplar su piel y sus silencios. Suspiraba y le besaba en la mejilla.

—¿Te gustan esos zapatos?

Al llegar a la casa advertimos algo bastante extraño. Algunas luces parpadeaban en el interior. Recordaba haber revisado los interruptores y todo estaba en orden.  Pero al acercarnos con el coche vimos que la luz debía ser de velas. Martina se asustó por primera vez.

—¡No salgas! Tengo un mal presentimiento.

Caminamos por el jardín envueltos en un silencio que congeló mis pasos en un par de ocasiones. Martina apretaba mi brazo. La casa parecía dormir en un extraño sueño del que no quería despertar.

No entres repitió una vez más. No me pareció para tanto y traté de tranquilizarla. Alguien debería conservar la llave.

Entramos y en el salón varías velas permanecían encendidas. Y entonces oímos sus llantos. Parecia ser el  llanto de niños desde la otra parte de la casa. Martina arañaba mis brazos y me arrastró hacia la puerta.¡Vámonos!

Corrimos al coche y nos alejamos sin rumbo. No hablamos durante la hora siguiente.

—¿Qué era eso?, ¿están muertos verdad?—preguntó Martina.

—Duerme cariño, pronto llegaremos a casa de tu madre.—traté de calmarla.

Desde aquel día en mis noches escucho ese llanto desde el abismo.No debí dejar en la casa nuestras fotografías.

Ahora ellos viven en mis sueños.

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