El grito de la sombra

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Su sombra me persiguió toda la vida.

En aquellos tiempos todavía Elisa era demasiado débil para ayudar en casa.

No juegues en el jardín por las noches. Nos decía nuestra madre durante los largos inviernos. Nuestro padre regresaba sólo unos días al año y después de pelear con las bestias de los mares.

Aquella casa era antigua y algunas noches se colaba por la puerta de mi habitación el susurro del viento. Un día  me despertó el grito mudo de alguien que no podía hablar. No me atreví a mirar aquella figura casi humana que se acercaba sigilosa pero nunca alcanzaba a torcarme. No sé cuantas veces vino a visitarme. Una vez vi reflejado en un espejo su rostro consumido mientras agitaba los brazos intentado llegar a mí. Nunca me habló y sólo al taparme la cabeza con las sábanas aquel ser diabólico volvía a marcharse entre las sombras.

El día de la noticia mamá no lloró. Alguien llamó a la puerta y me dio un telegrama de la compañía para mamá.

Vuestro padre ha muerto.

Esas fueron sus palabras antes de clavar el tenedor en la cabeza del lenguado. La sopa está fría, voy a calentarla, ¿qué queréis de postre?

Creo que sólo tenía nueve años cuando abandonamos la casa.  A los pocos meses mamá conoció un tendero de la ciudad y de un día para otro dejamos la aldea de pescadores. A mí me gustaba la idea de descubrir otros misteriosos lugares.

Han pasado décadas y sin embargo cada noche él viene a verme. Sus ojos inyectados en sangre, su silencio, la desesperación de su grito de horror, el nudo que estrangula su cuello y  agoniza eternamente en su océano…

Tal vez, soy el único que puede salvarle.

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