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Te recomiendo «Toda la cama para mí» de Paula Celeste

[fusion_builder_container hundred_percent=»yes» overflow=»visible»][fusion_builder_row][fusion_builder_column type=»1_1″ background_position=»left top» background_color=»» border_size=»» border_color=»» border_style=»solid» spacing=»yes» background_image=»» background_repeat=»no-repeat» padding=»» margin_top=»0px» margin_bottom=»0px» class=»» id=»» animation_type=»» animation_speed=»0.3″ animation_direction=»left» hide_on_mobile=»no» center_content=»no» min_height=»none»][aesop_chapter title=»Capítulo 1 Viernes 13″ subtitle=»–Parte I» bgtype=»img» full=»on»]

[aesop_content color=»#000000″ background=»#ffffff» columns=»1″ position=»none» imgrepeat=»no-repeat» floaterposition=»left» floaterdirection=»up»]A salvo de Cupido

“Mañana es San Valentín y no pasará nada. Será un día como cualquier otro. Como cualquier otro sábado, daré vueltas en la cama hasta las once y desayunaré largo y tendido. Quizás vaya a patinar con mis amigas a la playa y comamos algo en alguna terraza aprovechando el buen clima de Barcelona. Volveré a casa y, con unos mates como compañía, repasaré mi blog; con suerte agarraré fuerzas para retomarlo. Luego leeré hasta quedarme dormida. Sí, buen plan. Así estaré a salvo de Cupido y no me pasará lo del año pasado.”

Para que no me atravesara ninguna flecha perdida, me tomé la molestia de avisarles a mis antiguos ligues, e incluso a uno esporádico, que estaría de viaje durante una semana.

Se me da bien alejarme de los hombres, incluso cuan-do los quiero cerca. Además, “¿para qué marear al corazón si tengo claro que quiero seguir soltera?”, me enorgullecía en voz alta de mi responsabilidad, tirada en mi cama boca abajo, con las manos y las piernas extendidas, abarcándola toda. Pero basta con que bajes la guardia un momento para que las emociones te invadan… ¿Y quién ganaría esta vez la batalla?, ¿cabeza o corazón? Esto no lo sabría hasta hoy, el día post San Valentín. Un domingo que nada tendría que ver con cualquier otro domingo.

Pero todavía era viernes, y yo, ajena a todo lo que pudiera sucederme, me puse mis botines rojos de tachas, jeans pitillos negros, una camiseta del mismo color cortada a la altura de la cintura, el abrigo entallado y salí al encuentro de mis amigas en el Betty Ford’s, nuestro habitual bar del Raval. Miré el móvil y la pantalla no me mostró ni un mensaje del género masculino. “Bien”, me reafirmaba de forma ventrílocua la felicidad de mi estado civil mientras atravesaba la adoquinada calle Ferrán en esa noche llena de estrellas. La habilidad de hablar sin mover mucho los labios era algo que había desarrollado con los años para que la gente no pensara que soy una loca que va hablando sola por la calle.

Más de siete años salí con mi ex, más de cinco vivimos juntos, uno y medio llevaba sin él y más de tres queriendo acabar con ese asunto. Ya está, ya estaba. Hay pasos que lleva su tiempo dar, supongo que por eso, cuando al final una se decide, no le cuesta mantenerse en esa posición. Pero las depresiones pre-notengonoviosounadesgraciadaysiempreloseré estarían al caer, ya me iba haciendo a la idea. Y es que algunas de mis amigas son muy noveleras y desean con toda su alma tener un novio. Conté hasta diez y crucé las puertas de cristal con decisión, al final de cuentas, era mejor tomárselo con filosofía y unos vinos, el día siguiente sería aún peor para ellas y mi misión era estar ahí para sostenerlas.

—Un poco grunge tu look hoy, Azul, ¿no? Parece que San Valentín no te encuentra muy romántica —Belén (32), crítica incontinente, me recibió acomodándose unas gafas gigantes de moderna total, pese a ser siempre muy clásica en su forma de vestir. Pero hoy no me iba a meter con Belén ni con su bipolaridad fashionista.

—Que me lo diga alguien vestida de gris…

Nos miramos con complicidad y me senté en la mesa alargada que solemos ocupar. En la pared que quedaba a mis espaldas, proyectaban Terminator en modo mute. Nada en ese bar era romántico, jamás, estaríamos a salvo.

Al momento, se nos acercó nuestro camarero preferido con su sonrisa amplia y su simpatía sin igual. Se sentó en nuestra mesa, nos hizo algunas preguntas de cortesía a las dos, y por primera vez me dijo que estaba guapa. Para evitar el sonrojo, le resté importancia al comentario con un “a cuántas le dirás los mismo”, pero la verdad es que no esperaba que nadie me dijera nada lindo ese día y me encantó. Luego se levantó, y de camino a la barra, tomó nuestra comanda afirmando “lo de siempre”. No era amor, no era deseo carnal, si no que era ese tipo de solteros lindos, buena gente, que te dan esperanzas de que si hay uno así puede haber muchos más ahí afuera esperando a que una quiera empezar algo algún día. Algo. Algún día. Definitivamente aún no. No era mi momento para estar de novia otra vez. No, no y no.

¡Bon soire! —apareció Sophie (29) y nos sonrió de oreja a oreja, como si algo maravilloso hubiera sucedido. Pero conocíamos su volátil entusiasmo sin razón, así que no esperamos grandes noticias a causa de esto— ¡ ¿No está hérgmosá la noche con esa luna?! —varias personas se giraron a mirarla, no por que estuviera siendo muy escandalosa, sino por su típica feminidad francesa, perfecto corte carré rubio, un lunar debajo del ojo derecho que le aportaba dulzura y un je ne sais pas quoi que llamaban la atención allí a donde fuera.

—Todas las noches tienen luna —respondió Belén a su compañera de piso y salió a fumar.

Sophie, que se esforzaba en ponerle alegría a la noche, defendía su comentario sobre el satélite.

—Está distinta, brilla más, échale un vistazo, que tú, para ser la únicá que está con un chico podrías mostrarte más sensible en la víspergá de…

—San Valentín. Qué depresión, güey… hoy me emborracharé a tequila, y mañana también —Apareció Luciana (29), cumpliendo con todos los estereotipos de mexicana modelo, de taconazos a mechas rubias.

Con Belén ya de vuelta, sólo faltaba Camila para completar el grupo pero, como siempre llegaba tarde, no la esperamos ni para brindar ni para pedir las patatas fritas con salsa especial de la casa que tanto nos gustaban. Todas mirábamos a Sophie quemarse con los chips recién llegados a la mesa mientras se quejaba de lo malo que era el vino tinto, —eso lo hacía en todos los bares que no contaran con una variedad con origen en Bordeaux, como ella, a menos que ya estuviera borracha—. Pero de repente, se desvió nuestra atención a otro lado. Con una coordinación inexplicablemente precisa, nuestros ojos se clavaron en la sedosa y rubia cabellera de nuestro camarero, y en una mano que no era la suya y que hacía correr sus cabellos entre los dedos. Una desconocida total, del lado de la barra de los clientes, tocaba a nuestro intocable. De inmediato volvieron nuestras miradas al centro de la mesa.

—Los buenos están todos cogidos, todos cogidos ya —dijo Belén.

—Me da igual si vienen cogidos, nadie los espera vírgenes, pero, ¿hasta nuestro eterno soltero va a tener novia? —Aunque hacía muchos años que había llegado de Argentina, todavía me divertía darle significado doble a esa palabra.— Además —seguí—, no entiendo nada. ¿Qué hace ligando con otra? Él estuvo re atento conmigo hoy, ¿o no Belén?

—A ver, te ha dicho que estabas guapa y ya. Jamás te tiró los tejos, ni los galgos, como tú dices, ni un posa vasos en la mesa. Nada de forma concreta—Deu n-hi do con la catalana.

—Tranquilas, que sólo le tocó el peló. Podría ser una amiga o la hergmana, es igual de rubia…—Sophie sembró una improbable duda y le devolvió la paz a la mesa.

Supuse que aún quedaban esperanzas. Aunque sólo le había tocado el pelo, algunas ya hacían pucheros, otras pretendíamos que no pasaba nada, pero se trataba de nuestro camarero, el de todas y el de nadie, de nadie en exclusiva.

Por mucho que me hiciera la indiferente, me resultaba imposible no pensar en el día del amor. No sé si había más parejas ante mis ojos o si reparaba más en ellas, pero me estaba entrando una terrible depresión por falta de besos. Y para colmo el cabrón de Cupido ni siquiera podía esperar a su día para iniciar el lanzamiento de flechas, pero le erraba a mi corazón y me daba directo al alma con escenas como esas. ¿Sería capaz de sobrevivir a San Valentín intacta? ¿Y mis amigas? Tres móviles que sonaron en menos de veinte minutos darían respuesta a más de una.

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[aesop_chapter title=»¡Pará con las flechas!» bgtype=»img» full=»on»]

[aesop_content color=»#000000″ background=»#ffffff» columns=»1″ position=»none» imgrepeat=»no-repeat» floaterposition=»left» floaterdirection=»up»]Lo que pasaba en la barra captó nuestra atención de nuevo. No había dudas, los rubios tenían algo. “Algo serio” conjeturamos. La chica se presentó en el puesto de trabajo de él, medio hippie pero no desalineada, era su estilo y a su manera iba guapa. Lo primero que hizo cuando llegó fue tocarle el pelo a los ojos de todos, luego se sentó en la barra, sola. Al rato, llegó una amiga suya más hipster que hippie. Las dos eran foráneas en este bar, y cuando parecía que podían ser los tres amigos, va la cubayá y besa en la boca a nuestro codiciado soltero. “Noooo. Hoy noooooo”, nos lamentábamos todas en mayor o menor medida. Sophie hacía muecas de tragedia griega, Luciana le añadía dramatismo a la obra haciéndose un harakiri con una pajita, y Belén y yo nos reíamos de ellas. En general, nos entretenía mirar al camarero y hacer bromas sobre lo que haríamos con él en la cama; este imaginario de alcoba era una parte fundamental de cada encuentro en ese bar y esta rasta nos lo había arrebatado. También se llevó, con ese beso, el sonrojo que me despertó él ni bien entrar. Sin dudas la noche se estaba poniendo negra. ¿Podía empeorar? Sí, siempre pude ir todo a peor.

Belén y yo nos reíamos de ellas. En general, nos entretenía mirar al camarero y hacer bromas sobre lo que haríamos con él en la cama; este imaginario de alcoba era una parte fundamental de cada encuentro en ese bar y esta rasta nos lo había arrebatado. También se llevó, con ese beso, el sonrojo que me despertó él ni bien entrar. Sin dudas la noche se estaba poniendo negra. ¿Podía empeorar? Sí, siempre pude ir todo a peor.

El silencio duró poco. Llegaron al bar unos chicos que le cortarían el habla a cualquiera, a cualquiera menos a nosotras que no nos calla nada, ni nadie, o no por más de unos segundos, así que yo tuve que forzarme a participar en los comentarios para que mi conmoción pasara desapercibida. Guiris, fijo. Lo notamos en los pantalones pitillos, las camisas de franela a cuadros, pero especialmente en el pelo tirando a colorado, serían holandeses, alemanes quizás… A Luciana se le dibujaron corazones en los ojos, Sophie, sin embargo, se preguntaba por qué nunca iban muchos latinos o españoles a ese bar.

Diferenciamos a los guiris por el atuendo. “El de verde” era el bombón que toda chica querría comerse en el día de los enamorados: alto, de espalda amplia, no muy pelirrojo, barba incipiente, labios rellenitos, ojos celestes, todo lindo —exceptuando lo de los ojos y la barba, se parecía bastante a Jimmy—; y “el de rojo” que, ya mirándolo mejor, era el prototipo de Luciana: cara de niño, un poco de pancita y de baja estatura. Este tipo de chicos era de su gusto exclusivo y, además, se fijaban en ella, así que “se lo dejamos” sin objeción. Los chicos se sentaron en la barra y nos ignoraron, cada uno a su manera: absolutamente, la apetecible pieza de confitería, y parcialmente, el que le gustaba a Lu. Del segundo, yo diría que era más por vergüenza que por falta de interés.

Con la presencia del de rojo, le tenía algo de fe a Luciana en esto de salir indemne al día siguiente. Pero todo dependía del desenlace de esa noche, ya que su misión en la vida, por mandato familiar y televisivo nacional mexicano, era casarse y tener hijos. Comenzar sola el día más importante del año para ella, después del día de la Virgen de Guadalupe, era lo peor que le podía pasar.

—Hazle ojitos al de rojo, es muy tú —Belén animó a la mexicana quien ya calculaba el ángulo de visión para hacerle una pizpireta caída de ojos con sus pestañas, discretas, pero postizas.

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[aesop_chapter title=»Belén espera y desespera» bgtype=»img» full=»on»]

[aesop_content color=»#000000″ background=»#ffffff» columns=»1″ position=»none» imgrepeat=»no-repeat» floaterposition=»left» floaterdirection=»up»] El móvil de Belén no iba a sonar aunque ella lo mirara de reojo todo el tiempo. A mí me causó gracia  descubrir que, tras constatar que no tenía mensajes de su chico, automáticamente se repasaba el carmín de sus voluminosos labios. Todo en ella era voluptuoso y sensual, pero su boca era lo único que destacaba sin tapujos. Belén nació en Barcelona, pero sus raíces paternas en la Andalucía medieval, allá arriba por Ronda, le habían forjado una coraza que la haría sobrevivir a este día sin problemas. Salía con nosotras desde que sus amigas catalanas estaban todas de novias tirando a casadas, y ella, que tenía un rollo a menos ratos de lo que deseaba, tuvo que buscar su grupo de solteras. Y lo había encontrado.

Belén era una de las mías, aunque más en apariencia. Decía no querer compromisos, pero creo que esa voluntad era más de su rollo que de ella. No era muy romántica, eso es cierto, pero sufría en silencio, y el silencio frente a los planes del día próximo me hacía pensar que Santiago, que de santo no tenía un pelo, no se había decidido a pasar con ella el día siguiente.

—Qué fuerte, ¿hace un año que salen y no tienen planes para mañana? —inquirió Luciana—. Es un cabrón, como todos —Ya estaba irascible y todavía había un mensaje a punto de caerle…

—Tampoco somos novios y hoy trabaja hasta tarde en el bar, por eso no hemos concretado aún —Lo justificaba Belén.

A mí no me engañaba, este pecaba de pensamiento, palabra, obra y omisión, pero no todo era por su culpa y su gran culpa, Belén lo perdonaba una y otra vez en lugar de excomulgarlo de su vida para siempre.

—Pero aunque salgá tarde podrán verse luego, ¿no…? —Siguió Sophie con la boca llena de patatas, siempre se las metía de a tres en la boca. Su comentario no se llegó a entender bien y se perdió en el aire, para suerte de Belén.

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[aesop_chapter title=»Sophie y los que la quieren» bgtype=»img» full=»on»]

[aesop_content color=»#ffffff» background=»#333333″ columns=»1″ position=»none» imgrepeat=»no-repeat» floaterposition=»left» floaterdirection=»up»]—Ménsajé —Sacando el móvil del bolso, anunció Sophie en un español que venía perfeccionando hacía años como filóloga hispánica. Sólo arrastraba algunas erres y a veces confundía acentos o ponía más de uno en la misma palabra.

—¡¿Quién te escribe?! —La curiosidad asaltó a Belén más que al resto.

—Rogelio, el violonchelista que conocí en el centro cívico de Horta. ¡Me dice de salir mañana!

—¡¿Quién?! —expresamos todas, pero no nos sorprendió mucho no tener ni idea de quién era, ni que pareciera no tener nada que ver con ella.

Sophie siempre tenía novios que le duraban poco, pero no sufría las pérdidas. Salía más bien con cualquiera que la quisiera querer. Una vez salió con un esquimal canadiense, lo juro. Recuerdo que el día que nos lo presentó, iba de civil, así que creerle era un acto de fe. No digo que esperara verlo llegar en trineo y con una foca muerta al hombro, pero no sé, una capucha de pelos como mínimo, era invierno después de todo… pero no, el chico se presentó como un moderno cualquiera. Recuerdo que se acariciaba la larga barba mientras me contaba que se había cansado de vivir en el mundo yuppie de su familia, que necesitaba saber lo que era ganarse el estar donde estaba para poder disfrutar de esos placeres. Total que se fue con un grupete de amigos en busca de sus orígenes a la parte más salvaje de Siberia.  Allí convivieron con una población de esquimales, en iglúes y todo durante algunos meses hasta emprender el camino a casa, en plan “El último superviviente”. Zarparon en una precaria embarcación —sus parámetros de precariedad pueden ser discutibles— y, cuales mongolos, cruzaron el estrecho de Bering rumbo a su Canadá natal. No sé dónde estará ahora, pero ese día que lo vi en Barcelona se hospedaba en el Casa Fuster, al final del Paseo de Gracia, el hotel con más pompa de toda la ciudad. Y se dedicaba a no hacer nada porque se lo había ganado con su expedición, obvio. Sólo Sophie sale con esta clase de rarezas.

Me reí al pensar que Rogelio, raro o no, al menos nos daría una historia divertida que contar. ”Comprar palomitas para la juntada del domingo”, me apunté mentalmente.

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[aesop_chapter title=»Tocada y herida» bgtype=»img» full=»on»]

[aesop_content color=»#000000″ background=»#ffffff» columns=»1″ position=»none» imgrepeat=»no-repeat» floaterposition=»left» floaterdirection=»up»]Mi móvil me trajo de vuelta al presente pero, por suerte, sólo lo noté yo. El pulso se me aceleró otra vez, los ojos se me abrieron tanto que me dolieron. Dolerme, me dolía hasta el alma en ese momento; cómo si me hubiera atravesado el pecho una punta filosa y envenenada. Otra vez Jimmy. “¿Qué hace escribiéndome? ¿Por qué a mí? ¿Por qué hoy? ¿Por qué, Dios, por qué?” Yo quería un catorce de febrero en paz, estaba lista para eso por primera vez en mi vida.

Cuando estaba en pareja esperaba un poco de romanticismo ese día. Esperaba algo que jamás llegaba. Tampoco es que sea una chica a la que le guste todo rosita, sólo que, como nunca antes había tenido novio, deseaba que pasara algo un poco especial. Pero nada, mi ex se había encargado de destrozarme la ilusión año tras año poniendo como excusa “lo del capitalismo”; así que ahora, que estaba felizmente soltera, menos pretensiones tenía aún. Pese a mi resignación, mi primer San Valentín después de dejarlo con mi ex fue el más bonito que había tenido. “Ay Moritz… ¿Vos también te acordarás de mí mañana…? ¿Dónde estarás…? ¿Te encontraré algún día?”

Está claro que San Valentín me agarró con el corazón blandito. ¡Por Dios, que me dejara de escribir Jimmy! Además, si algo aprendí de mi seudo-relación con él, era que, para qué involucrarme con alguien y sufrir, si tengo claro que quiero estar soltera… No iba a leerlo. Sé que puede sonar raro pero, cuando me pasan cosas así de fuertes, las reacciones me llegan con retraso.

Qué estaba haciendo la amiga de la hippie, era lo que nos preguntábamos todas cuando la vimos iniciar una conversación con el de verde. ¡Por el amor de Dios, qué acaparadoras estas dos! La cosa se estaba poniendo rara. Luciana perdía valor para conquistar al de rojo, así que pidió una ronda de tequila para todas. Obvio que lo aceptamos gustosas, después de todo, era viernes trece y la nochecita acababa de empezar…

El camarero ya estaba entregadísimo a los besos de la hippie —¿el dueño no le pensaba llamar la atención?—; Luciana estaba a punto de “pestañearle” al de rojo después del tequila sin sal ni limón; Belén, quedara o no con su rollo, al menos tenía algo en qué pensar; Sophie tenía cita, aunque fuera con un raro; y yo ya empezaba a sentir un poco de envidia por estas relaciones que no eran nada. Me llevé las manos a la cara y sentí que mis labios ejercían una leve presión en la palma. No me sorprendió, ya había descubierto hacía tiempo esta reacción de mi boca cuando sufría síndrome de abstinencia de besos. El miedo a la recaída con Jimmy estaba al acecho y me perseguía como Jack el destripador. Ya me imaginaba por el suelo y con el corazón destrozado otra vez.

Pero, ¿por qué el miedo?, ¿por qué iba a recaer, si yo salí muy segura de mi casa, decidida a pasar San Valentín sin un hombre al lado? No hallé una respuesta. Sólo supe que quería besos y más besos.

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