Terror

El grito de la sombra

Su sombra me persiguió toda la vida.

En aquellos tiempos todavía Elisa era demasiado débil para ayudar en casa.

No juegues en el jardín por las noches. Nos decía nuestra madre durante los largos inviernos. Nuestro padre regresaba sólo unos días al año y después de pelear con las bestias de los mares.

Aquella casa era antigua y algunas noches se colaba por la puerta de mi habitación el susurro del viento. Un día  me despertó el grito mudo de alguien que no podía hablar. No me atreví a mirar aquella figura casi humana que se acercaba sigilosa pero nunca alcanzaba a torcarme. No sé cuantas veces vino a visitarme. Una vez vi reflejado en un espejo su rostro consumido mientras agitaba los brazos intentado llegar a mí. Nunca me habló y sólo al taparme la cabeza con las sábanas aquel ser diabólico volvía a marcharse entre las sombras.

El día de la noticia mamá no lloró. Alguien llamó a la puerta y me dio un telegrama de la compañía para mamá.

Vuestro padre ha muerto.

Esas fueron sus palabras antes de clavar el tenedor en la cabeza del lenguado. La sopa está fría, voy a calentarla, ¿qué queréis de postre?

Creo que sólo tenía nueve años cuando abandonamos la casa.  A los pocos meses mamá conoció un tendero de la ciudad y de un día para otro dejamos la aldea de pescadores. A mí me gustaba la idea de descubrir otros misteriosos lugares.

Han pasado décadas y sin embargo cada noche él viene a verme. Sus ojos inyectados en sangre, su silencio, la desesperación de su grito de horror, el nudo que estrangula su cuello y  agoniza eternamente en su océano…

Tal vez, soy el único que puede salvarle.

¿Por qué alquilamos aquella vieja casa?

¿Por qué alquilamos aquella vieja casa?

El olor rancio penetra todavía en mis pesadillas. No ha muerto.

Cariño, la casa es vieja pero está llena de posibilidades me decías. La escalera japonesa llevaba desde el salón a la segunda planta. Para no tropezar era preciso dar el primer paso con el pie izquierdo. Cuidado con la cabeza. En la pequeña sala un escritorio antiguo permanecía cerrado con llave. Esteban, el dueño, nunca quiso decirnos que se escondía en aquel mueble carcomido y de madera seca que algún día se convertiría en polvo.

El jardín escondía lugares misterios que al anochecer se cubrían bajo la espesa niebla. Sólo los gatos se atrevían a deslizar su sombra por los tejados. A veces se oía el  grito mudo de los árboles.

Todo ocurrió en una noche. Apenas tuve tiempo de despertar de otra pesadilla cuando tu rostro apareció ante mí pálido y te acurrucaste en  mi regazo. La he visto. No vayas a habitación de la chimenea.

Un largo pasillo comunicaba con la otra ala  de la casa, un sendero empedrado llevaba al pequeño cobertizo. Al principio pensamos en reformar la habitación para organizar pequeñas fiestas con amigos. Poco después abandonamos la idea. No vayas allí, la he visto.

Bajé la escalera metálica, mis dedos acariciaron el óxido. En otro tiempo allí empezaba la fábrica. El olor a sudor penetró en mis pensamientos. Me acerqué un poco más y casi pude sentir el azote de las sombras en mi rostro. No sigas, está allí.

Abrí la puerta. Ella me miró desde otro tiempo. La anciana pintaba las paredes de la casa con su propia sangre. Intenté tocarla y desapareció en un alarido que se transformó en pájaros negros.

No entres.

 

 

Los muñecos de desván (2 parte)

En esos sueños despierto en mitad de un patio a pleno sol del día. Siento mi cuerpo flotar sobre las baldosas de colores. Martina parece esperarme al otro lado de la puerta de bronce pero nunca consigo avanzar hasta allí. 

Entonces oigo sus llantos desde aquella parte de la casa. Las puertas se abren y comienza el desfile de muñecas negras que se ocultan entre los árboles.

—No vayas cariño.

Me transformo en viento que penetra en las gargantas de las muñecas e inhalo sus pensamientos. 

Hace tiempo que nos enterraron en el desván de aquella vieja casa. Entre las paredes que castigan las pequeñas manos y la mirada confusa de la infancia. No existe tiempo para nosotros. Perseguimos los hilos que manejan tu cabeza . Ahora estamos en tus sueños y pronto atravesaremos las pared de aquella vieja casa.

Desperté una vez más con el corazón en un puño y Martina me abrazó. Estoy aquí, ya pasó.

A la mañana siguiente emprendí el viaje de regreso. Debía descubrir que ocultaba aquel viejo desván. 

Los muñecos del desván

No estamos solos. Ellos siempre están en algún lugar de la casa a la espera de que abramos la puerta del desván. Tal vez en nuestros sueños.

Alquilamos la casa al lado de la iglesia por el bajo precio y por las vistas a la antigua muralla. Desde la ventana del pequeño salón se veía la entrada a la vieja iglesia y un paisaje de cruces sobre el río. A Martina  no le importaba pero a mí  me horrorizaban las sombras sobre el paisaje de penumbra.

—Aquí estarán Ustedes bien—dijo el agente inmobiliario antes de dejarnos las llaves sobre la mesa y marcharse a toda prisa. Cerró la puerta y una corriente de aire silbó entre las sombras de la escalera.  La otra parte de la casa nunca llegamos a verla.

—Necesitamos decorar el salón. ¿Vamos al pueblo?—dijo Martina mientras me enseñaba las llaves del coche.

La verdad, yo  prefería desembalar las cajas y colocar nuestras fotografías en la vitrina. Siempre me pareció que una casa no es realmente tuya hasta que colocas tus fotografías. Pero accedí y cuando quise darme cuenta ya conducía por una carretera incierta.

Regresamos de la ciudad a última hora de la noche. A ella le gustaba ver cada escaparate y  cada oferta de calzado. No me importaba esperar. Me gustaba mirar a Martina y verla perder la mirada en los botines y tacones de temporada. Creo que me enamoraba más en esos momentos que me sentía libre para contemplar su piel y sus silencios. Suspiraba y le besaba en la mejilla.

—¿Te gustan esos zapatos?

Al llegar a la casa advertimos algo bastante extraño. Algunas luces parpadeaban en el interior. Recordaba haber revisado los interruptores y todo estaba en orden.  Pero al acercarnos con el coche vimos que la luz debía ser de velas. Martina se asustó por primera vez.

—¡No salgas! Tengo un mal presentimiento.

Caminamos por el jardín envueltos en un silencio que congeló mis pasos en un par de ocasiones. Martina apretaba mi brazo. La casa parecía dormir en un extraño sueño del que no quería despertar.

No entres repitió una vez más. No me pareció para tanto y traté de tranquilizarla. Alguien debería conservar la llave.

Entramos y en el salón varías velas permanecían encendidas. Y entonces oímos sus llantos. Parecia ser el  llanto de niños desde la otra parte de la casa. Martina arañaba mis brazos y me arrastró hacia la puerta.¡Vámonos!

Corrimos al coche y nos alejamos sin rumbo. No hablamos durante la hora siguiente.

—¿Qué era eso?, ¿están muertos verdad?—preguntó Martina.

—Duerme cariño, pronto llegaremos a casa de tu madre.—traté de calmarla.

Desde aquel día en mis noches escucho ese llanto desde el abismo.No debí dejar en la casa nuestras fotografías.

Ahora ellos viven en mis sueños.

004 Las hermanas sin rostro

Elisa solía regresar a media noche a la habitación, después de pasear por la oscuridad del internado. Nunca quise acompañarla. Las he visto muy cerca de aquí y casi me descubrén, me decía.

Compartíamos la celda del final del pasillo, en el ala este, la zona más antigua del colegio. Nadie quería dormir en aquel lugar. Pero a mí me gustaba porque era un espacio amplio y nadie me molestaría para estudiar.  A Elisa le gustaba,  en cambio, porque desde allí podía asomarse por la ventana y ver el cementerio.

—Mira Cristina, allí viven las hermanas sin rostro.—me decía mientras dibujaba con carboncillo aquel paisaje de sombras cipreses en un caos de cruces abandonadas.

—¿Te asusta el cementerio?—me preguntaba siempre.

Nunca entendí el por qué de aquella  pregunta. A mí me encantaba mirar por la otra ventana y ver a los chicos jugar a fútbol al otro lado. Imaginaba sus nombres y creo que alguno de ellos me miraba.

«Nunca lo conocerás», me decía Elisa mientras buscaba desde la otra ventana el rastro de  las hermanas sin rostro.

—Sabes, ayer vi una de ellas y creo que me vio.

—¿Cómo te puede ver si no tiene rostro?

Aquella noche soñé con una alfombra mágica que me llevaba lejos de allí. Pero luego aparecieron las hermanas sin rostro y me arrastraban al fondo de una tumba sin cruces.

Cuando desperté Elisa no estaba en la habitación, ni tampoco sus apuntes de matemáticas. Lo único que quedaba era su último dibujo sobre el escritorio.

Corrí por los pasillos desiertos de la escuela a pesar de saber que sería severamente castigada. Aquella era una de las normas más estrictas del centro. No corred en los pasillos.

Pregunté por mi amiga, supliqué que quería verla. Nadie respondió. Aquellos silencios me dolieron más que la bofetada de la hermana Claret.

Me llevaron al despacho de la directora.  La sala estaba apenas iluminada por la luz de una vela sobre la mesa.

—¿Dónde está Elisa?—pregunté entre lágrimas.

La directora cerró la puerta de  su despacho con llave. A penas vislumbraba su silueta.

—Elisa murió hace un año. ¡Supéralo de una vez niña!

Lloré.

—¿Y este dibujo?

Me quitó el papel y lo observó a la luz de la vela. Después encendió la chimenea.  No respondió y tiró el papel al fuego.

Ella está muerta.

Entonces pude ver horrorizada que aquella mujer no tenía rostro. 

 

 

En ese lugar nadie respira

Creo que he muerto y ya navego en el fondo del océano.

Antes de desvanecerme en el abismo para siempre, me atormenta el olor nauseabundo de las ratas, el paisaje de árboles muertos en la oscuridad y aquella mirada. Morir será sólo el principio de mi infierno. Me pregunto por qué  no hice caso a la vieja del lago.

─No deberías cruzar al otro lado, ¿sabes qué nadie respira en ese lugar?

El hogar de mis antepasados se ocultaba bajo un manto de oscuridad. La herencia de un abuelo que nunca conocí era lo único que prolongaría mi fracaso. No crucé la gran verja de entrada porque ya no existía. Arrastré mis pies por el barro mientras me perseguía el rostro de los leones desfigurados. Mi madre me habló del jardín de la casa y de las fiestas de sociedad que allí se celebraron. Todo terminó el día que instalaron el columpio en el patio.

Detrás del cobertizo seguí con la cabeza el balanceo incesante de las cadenas. Miré a los lados y no vi a nadie. Nada. Me acerqué ahogado entre la curiosidad y el horror. Agarré con firmeza la rueda que servía de asiento y por unos segundos el balanceo del columpio se detuvo. Pero después sentí que alguien retiraba mis manos del hierro oxidado. Regresó el mismo latido, pero ahora más fuerte, con rabia y siempre constante.

Allí murió. El murmullo del viento se desnudó lentamente para convertirse en un grito que surgía de las sombras.  No entendí los pequeños pasos que me rodearon y quien arañaba mi espalda. Corrí a refugiarme en el cobertizo y cerré el pestillo. Entonces lo vi.

En la oscuridad vislumbré sus pequeños manos jugar con la tierra. Era todavía un niño de  seis años cuando murió.

─No tardaré mamá─

Nadie supo explicar por qué la rama del viejo roble cedió. Ha sido una desgraciado accidente. Ha muerto en extrañas circunstancias.

No conseguí moverme.  El cuerpo del niño se descompuso en cientos de mariposas negras que arañaron mi pecho. Luché contra la oscuridad. Mi corazón se detuvo.

En ese lugar nadie respira.