Juan Carlos Lozano Richarte

La luz nunca llegó

Aterricé en tus besos una tarde de mayo, sin tiempo y olvide en casa los antiguos miedos. Allí estabas tú en aquella ultima tarde antes de mi partida. No volveré a este lugar, me perderé otra vez mi burbuja.

Sabía que tarde o temprano te atreverías a abrir la habitación y mostrarme los senderos que llevan a la muerte en ese otro lugar. En la selva hace frío y la hojarasca no me deja ver las galaxias que sé hay en tus labios. Anduvimos perezosos jugando entre las sábanas que vuelven a agitarse en nuestro océano.

Siempre regresa esa musa que estrangula el cuello de las mariposas y cuenta los minutos para mi muerte. Si pudiera resucitar elegiría el precipicio de tus ojos para volver a caer y bostezar bajo el cemento. La crudeza de unos ángeles que saben que ya es mi momento para embarcar al abismo, para hundir en el barro mi pies y por fin ser árbol. Y así ver pasar el tiempo y contemplar el vacío que dejamos tras el terremoto.

Tiempo perdido

Tiempo perdido

Creía que el paso tiempo era sólo una mera excusa para enterrarse un poco más. Les gustaba sentir la arena en el cuello, saborear el fango a veces en su garganta, esa amarga espina que se clavaba otra vez en un rincón irreconocible de su silencio. Él lo sabía. Sin embargo es fácil dejarse morir una y otra vez en cualquier esquina. El día que le llamaron para darle la noticia ya era tarde para regresar a casa. Nos quedaremos aquí, encerrados en esta agonía, apesadumbrados por el gris de las paredes, arrojando escarcha lejos de la habitación. Pronto muy pronto volveremos a nuestro jardín, pero ahora mejor cállate y sonríe, no vaya a ser que mañana estas paredes se tiñan del color negro de nuestros corazones