Lectura recomendada: La luz de tu destino (David Lucas)

Lectura recomendada: La luz de tu destino (David Lucas)

En esta reseña os presento una novela que conmueve y te llegará al alma. Sin duda una de las mejores novelas para comenzar el año 2018.
Me ha sorprendido la calidad literaria de la novela y el excelente manejo de los recursos narrativos por parte de su autor David Lucas. La calidad literaria se aprecia en cada párrafo y cada frase, excelente manejo de la trama y de la tensión narrativa.
Carlos es un camionero que emprende un viaje interior que le llevará conocer lo más profundo de su alma.  No contaré nada más.  Cuando leas el libro desde la primera línea sentirás una emoción que no se detendrá  hasta la última.  El libro está lleno de citas y referencias a autores, consiguiendo dar mayor trascendencia a cada frase. Realmente una lectura no es suficiente para captar toda la profundidad del texto.
La Luz de tu destino te atrapa desde la primera línea. Para ello David Lucas muestra un inmenso dominio de la escena y de los personajes. Lo curioso y la incertidumbre hacen avanzar la trama. La figura casi fantasmal de Santi aparece como un espectro en mitad de la carretera para desvelar a Carlos la verdad que tenemos dentro. En mi opinión nadie debería morir sin haber leído esta novela.
Me he sentido identificado con el protagonista, porque todos tenemos algo que descubrir de nosotros mismos. Los conocimientos y experiencia en neurolinguistica PNL de David Lucas está presente a lo largo de la obra.
Sin duda os recomiendo leer  La Luz de tu destino  y descubrirás una historia apasionante.
¿Todavía lo estás pensando?

Presentació de la novela: Si tu m’escoltes

Presentació de la novela: Si tu m’escoltes

El passat 14 de setembre vam tenir ocasió d’assistir a la presentació del llibre Si tu m’escoltes escrit per l’escriptora Coia Valls. La presentació de la novela va tenir lloc a l’escenari misteriós i acollidor de la editorial Comanegra.
Coia Valls i Francesc Miralles durant la presentació del llibre “Si tu m’escoltes”
La meva impressió va ser d’estar en un oasis de creativitat incomparable. La presentació va comptar amb la presència de l’escriptor i músic Francesc Miralles, qui va dialogar  amb Coi Valls sobre aspectes concrets del seu procès creatiu i ens vam deleitar amb una conversa apassionada sobre literatura.

Davant aquests moments polítics tan difícils, aquesta novela apareix amb un nucli temàtic que gira entorn a l’escolta activa, com la manera de trobar la pau interior que cerquem a la nostra vida. Quan posar-se al lloc de l’altre és la solució.

Segons ens va explicar Coia Valls la novela parlar de l’escolta com una assignatura necessària i imprescindible per l’aprenentatge. Des de la infantesa s’hauria d’aprendre a saber escolta als demés i també a un mateix.

La novela està ambientada a l’època de la depressió americana dels anys 30.  L’autora es posa a la pell del personatge John alliberant l’essència d’una persona d’èxit que es  veu abocada a una situació límit que en canvi li serveix per retrobar-se a ell mateix. A l’altre banda la seva dona Mary pateix situacions límit.

Es tracta d’un exercici continuat de reflexió que per el lector esdevé una lectura apassionant i l’ajudarà a saber escoltar. També a reconèixer la importància dels silencis a vegades tan necessaris.

Sense cap mena de dubte, es tracta d’una novela i autora que t’arribarà a colpi l’ànima i et farà replantejar fins a quin punt no escoltes… M’has escoltat?

Pots conèixer més al següent enllaç. http://bit.ly/2jxuQ6a

Wabi-Sabi

Wabi-Sabi

Preludio

Venimos de la nada y hacia la nada nos dirigimos. Entremedio somos algo. Y ese algo es lo que llamamos vida. Tiempo atrás estuve muy preocupado por medir esta chispa entre la oscuridad que nos precede y la que nos seguirá. Pensaba en la existencia como en una bolsa más o menos cargada de horas, días, meses y años, y me angustiaba pensar que cada minuto vivido era un minuto menos en la cuenta atrás hacia un lugar que desconozco, pero al que no tengo ninguna prisa por llegar. Aún no había entendido que unos segundos de intensa felicidad dejan una huella más profunda en el alma que toda una vida de monótona espera. Hasta los treinta y siete años viví encerrado en una prisión de soledad que había edificado yo mismo ladrillo a ladrillo. Después de cerrar los muros a mi alrededor, enterré la llave para que nadie pudiera entrar. Pero un gato callejero logró desenterrar la llave y, con felinas estratagemas, me hizo abrir las puertas al mundo.

Desde entonces vivo con él —Mishima para los amigos— y con algunos extraños compañeros de viaje.
Justo encima de mi apartamento en el barcelonés barrio de Gracia está Titus, un viejo redactor de libros inspiradores al que ayudo cuando me lo permiten las clases en la universidad.

Mishima me llevó hasta él, y él me devolvió a Gabriela, de quien estoy enamorado pesar de que casi no sé nada de su pasado, ni de su presente cuando no está conmigo.
Quizá por eso no quiere que vivamos juntos, y me he visto obligado a hacer de hombre moderno: una pareja, dos apartamentos.
Durante un tiempo compartí casa con Valdemar, un físico excéntrico que exploraba la cara oculta de la Luna, y que un buen día desapareció dejando su telescopio montado en la cocina de Titus. Nos ha quedado un manuscrito con sus investigaciones, además del vacío irreparable que dejan las personas que han significado algo para nosotros.
Cuando Titus y yo nos ponemos melancólicos, volvemos a montar el telescopio y apuntamos a la Luna, como si Valdemar hubiera encontrado la manera de llegar y pudiera enviarnos señales de un momento a otro.

Algún día volverá o nosotros volveremos a él, porque todos formamos parte de esta gran olla cósmica —siempre en el fuego— donde no se desperdicia ningún ingrediente.
Con el tiempo he comprendido que no es la soledad, sino los otros, la manera de conocerse a uno mismo. Una vez has renunciado a todo, es relativamente sencillo subir a una montaña y esperar a que se consuman los días sin más. Lo más difícil, el arte supremo, es relacionarse con quien es diferente a ti, porque nuestra habilidad en este campo nos da nuestra verdadera medida como seres humanos.

Yo debo de ser un simple aprendiz, ya que no dejan de sorprenderme las decisiones de las personas de mi alrededor. « Alrededor » puede ser una expresión muy amplia, como comprobaría la primera mañana de junio, cuando bajé las escaleras de casa y abrí el buzón…

MANEKI-NEKO

El gato que saluda

Dado que habíamos entrado en la recta final del curso, no esperaba en el correo nada más que circulares de la universidad que me convocaban a claustros —horrible palabra, por cierto— o el programa de los seminarios de verano.
En lugar de papeleo académico, sin embargo, dentro del buzón me esperaba únicamente una postal. La acerqué a la luz para verla mejor: mostraba un gato de porcelana blanca con la patita izquierda levantada.
Al girar la imagen esperé encontrar la dirección de algún nuevo bazar chino del barrio, la clase de lugares
donde ves estas figuritas, pero curiosamente la postal estaba sellada en Japón. Aparte de mi dirección, escrita a mano con una pluma muy fina, en el espacio reservado al mensaje había una sola palabra:

 WABI – SABI

Perplejo, me quedé un rato plantado ante el buzón, mirando alternativamente la fotografía y aquella misteriosa palabra. No entendía quién podía haberme enviado aquello desde tan lejos ni por qué, pero la intuición me decía que aquel gatito inocente —si es que lo era— acarrearía consecuencias. El último gato que había llegado a mi puerta, Mishima, había provocado un huracán de acontecimientos, por lo que era necesario no tomarse el asunto a la ligera.De momento, el gato de la postal ya había alterado mis planes de la mañana, ya que en lugar de salir a la calle subí las escaleras hasta el ático y llamé a la puerta de Titus.
Se abrió con un zumbido, señal de que mi vecino estaba atareado con un libro de encargo. Efectivamente, nada más empujar la puerta sentí su rápido tecleo sobre un fondo de música de jazz. En el aire flotaban finas serpientes de humo, lo que confirmaba que se hallaba en pleno trabajo. Titus sólo encendía sus barritas de incienso cuando redactaba.
Antes de abandonar el pasillo que daba al salón-estudio, me detuve un instante ante El caminante sobre el mar de niebla, un cuadro de Caspar David Friedrich del que Titus tiene una reproducción. Aunque lo había visto decenas de veces, aquel joven romántico subido a un brumoso risco me seguía impresionando.

—¿Vas a quedarte ahí plantado? —me recibió bruscamente. Entré en la sala presidida por el escritorio donde Titus había interrumpido la escritura y me escrutaba con curiosidad.
—Estás trabajando…
—Eso parece, ¿no? —dijo irónico— Faltan exactamente cuatro días para el vencimiento del plazo de entrega de Ríase por un céntimo y aún me falta una cuarta parte y el prólogo sobre risoterapia.
—Qué título más absurdo… ¿De qué va?
—Es la adaptación de un libro americano: una antología de mil chistes que se venderá a diez euros, es decir, a un céntimo cada dosis de risas.
—Muy ingenioso.
—No es idea mía. Y no puedo garantizar que hagan reír. Los que estoy encontrando a mí no me hacen ninguna gracia —dijo mientras me señalaba un montón de
libros llenos de post-its en un extremo de la mesa.
—Entonces te dejo trabajar.
—Espera. ¿Qué querías decirme?

Tras valorar el riesgo de que Titus me ordenara buscar chistes para el libro, la curiosidad que me había producido la postal pudo más, así que la dejé caer sobre la mesa. Luego senté en el sofá del estudio a la espera de su comentario.

—Interesante —sonrió— ¿Quién te las envía?
—No lo sé. Falta el remitente. Sólo ha escrito esta palabra compuesta. ¿Sabes lo que significa?
—Wabi-sabi…

Titus había pronunciado la inscripción como si fuera un conjuro mágico. Justo en ese momento, un tren en miniatura que tenía en una mesita arrimada a la pared comenzó a  circular, entrando y saliendo de túneles mientras emitía un suave silbido.

—Casi me has asustado —dije—. ¿Cuántos interruptores tienes en la mesa?
—Sólo dos: el de la puerta y el del circuito de trenes.  Ya sabes que me ayuda a concentrarme… Pero ahora mismo no te puedo dar una respuesta, y eso que el término no me resulta desconocido. Pregúntale a Gabriela.  Ella vivió en Japón, ¿no?
—Está en París y no vuelve hasta la próxima semana. Mientras tanto, tal vez el gato de porcelana nos dé alguna pista.

Titus siguió con el dedo la silueta de la figurita mientras decía:

—Eso no es ningún misterio: se trata de un manekineko.En Japón los hay a millones.
—¿Qué es un maneki-neko?
—Míralo en el tercer libro de aquel estante —dijo Titus mientras me señalaba una librería al fondo del salón—.Es curioso que no lo recuerdes, porque tú mismo ayudaste a redactarlo.
—Al final lo escribió Valdemar, ¿no lo recuerdas?
—Respondí mientras sacaba un ejemplar de Pequeño curso de magia cotidiana. Efectivamente, en el capítulo «Filosofía felina» había un apartado dedicado a ese personaje:

MANEKI-NEKO: EL GATO DE LA SUERTE

El origen de esta figura tan popular en los comercios japoneses hay que buscarlo en China, donde en el siglo noveno se creía que cuando un gato se lava la oreja con la pata es señal de que vendrá un invitado. La inquietud del animal ante la llegada de un extraño se refleja en el gesto de hacer la limpieza de su cara. Otras fuentes afirman que el origen está en una historia real que tuvo lugar durante el periodo Edo (1603-1868). Un gato llamado Tama se encontraba siempre en el porche de un templo de la zona oeste de Tokio, construido frente a un gran árbol. Un día de lluvia, un caballero se refugió bajo el árbol y Tama no paró de llamarle la atención haciendo gestos con la pata. Lleno de curiosidad, el caballero salió de su refugio y se acercó al gato. En ese instante un rayo fulminó el árbol y todo lo que estaba a su alrededor.

Conmovido por el gesto del gato, el caballero se convirtió en benefactor del templo.  Otra narración explica que una mujer muy pobre, Imada, abandonó a su gato porque no podía ni siquiera mantenerse a sí misma. Entonces en un sueño se le apareció el animal, que le daba instrucciones para que modelasen su figura en arcilla y así atraer la buena suerte. La mujer lo hizo y, una vez terminada, un paseante vio la figura e insistió en comprarla. A partir de este día, Imad hizo tantas figuras y tantos clientes las compraron que alivió sus penurias económicas.

—Muy ilustrador —dije algo burlón—, pero eso no explica nada. ¿Por qué me envía alguien un gato de la suerte? No conozco a nadie en Japón.
—Quizá avisa de la llegada de un desconocido… O quizás necesites suerte para alguna aventura que vas a emprender pronto. Recibí las dos posibilidades como un oráculo siniestro. La experiencia me decía que la llegada de un extraño siempre arrastra una pesada cola de complicaciones. Por otra parte, a las aventuras para las que necesitas fortuna yo las llamo simplemente calamidades. Quedaba por descubrir qué significaba aquella inscripción, «WABI-SABI», pero algo me decía que no tardaría en saberlo.

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Te recomiendo “Toda la cama para mí” de Paula Celeste

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Capítulo 1 Viernes 13 –Parte I

A salvo de Cupido

“Mañana es San Valentín y no pasará nada. Será un día como cualquier otro. Como cualquier otro sábado, daré vueltas en la cama hasta las once y desayunaré largo y tendido. Quizás vaya a patinar con mis amigas a la playa y comamos algo en alguna terraza aprovechando el buen clima de Barcelona. Volveré a casa y, con unos mates como compañía, repasaré mi blog; con suerte agarraré fuerzas para retomarlo. Luego leeré hasta quedarme dormida. Sí, buen plan. Así estaré a salvo de Cupido y no me pasará lo del año pasado.”

Para que no me atravesara ninguna flecha perdida, me tomé la molestia de avisarles a mis antiguos ligues, e incluso a uno esporádico, que estaría de viaje durante una semana.

Se me da bien alejarme de los hombres, incluso cuan-do los quiero cerca. Además, “¿para qué marear al corazón si tengo claro que quiero seguir soltera?”, me enorgullecía en voz alta de mi responsabilidad, tirada en mi cama boca abajo, con las manos y las piernas extendidas, abarcándola toda. Pero basta con que bajes la guardia un momento para que las emociones te invadan… ¿Y quién ganaría esta vez la batalla?, ¿cabeza o corazón? Esto no lo sabría hasta hoy, el día post San Valentín. Un domingo que nada tendría que ver con cualquier otro domingo.

Pero todavía era viernes, y yo, ajena a todo lo que pudiera sucederme, me puse mis botines rojos de tachas, jeans pitillos negros, una camiseta del mismo color cortada a la altura de la cintura, el abrigo entallado y salí al encuentro de mis amigas en el Betty Ford’s, nuestro habitual bar del Raval. Miré el móvil y la pantalla no me mostró ni un mensaje del género masculino. “Bien”, me reafirmaba de forma ventrílocua la felicidad de mi estado civil mientras atravesaba la adoquinada calle Ferrán en esa noche llena de estrellas. La habilidad de hablar sin mover mucho los labios era algo que había desarrollado con los años para que la gente no pensara que soy una loca que va hablando sola por la calle.

Más de siete años salí con mi ex, más de cinco vivimos juntos, uno y medio llevaba sin él y más de tres queriendo acabar con ese asunto. Ya está, ya estaba. Hay pasos que lleva su tiempo dar, supongo que por eso, cuando al final una se decide, no le cuesta mantenerse en esa posición. Pero las depresiones pre-notengonoviosounadesgraciadaysiempreloseré estarían al caer, ya me iba haciendo a la idea. Y es que algunas de mis amigas son muy noveleras y desean con toda su alma tener un novio. Conté hasta diez y crucé las puertas de cristal con decisión, al final de cuentas, era mejor tomárselo con filosofía y unos vinos, el día siguiente sería aún peor para ellas y mi misión era estar ahí para sostenerlas.

—Un poco grunge tu look hoy, Azul, ¿no? Parece que San Valentín no te encuentra muy romántica —Belén (32), crítica incontinente, me recibió acomodándose unas gafas gigantes de moderna total, pese a ser siempre muy clásica en su forma de vestir. Pero hoy no me iba a meter con Belén ni con su bipolaridad fashionista.

—Que me lo diga alguien vestida de gris…

Nos miramos con complicidad y me senté en la mesa alargada que solemos ocupar. En la pared que quedaba a mis espaldas, proyectaban Terminator en modo mute. Nada en ese bar era romántico, jamás, estaríamos a salvo.

Al momento, se nos acercó nuestro camarero preferido con su sonrisa amplia y su simpatía sin igual. Se sentó en nuestra mesa, nos hizo algunas preguntas de cortesía a las dos, y por primera vez me dijo que estaba guapa. Para evitar el sonrojo, le resté importancia al comentario con un “a cuántas le dirás los mismo”, pero la verdad es que no esperaba que nadie me dijera nada lindo ese día y me encantó. Luego se levantó, y de camino a la barra, tomó nuestra comanda afirmando “lo de siempre”. No era amor, no era deseo carnal, si no que era ese tipo de solteros lindos, buena gente, que te dan esperanzas de que si hay uno así puede haber muchos más ahí afuera esperando a que una quiera empezar algo algún día. Algo. Algún día. Definitivamente aún no. No era mi momento para estar de novia otra vez. No, no y no.

¡Bon soire! —apareció Sophie (29) y nos sonrió de oreja a oreja, como si algo maravilloso hubiera sucedido. Pero conocíamos su volátil entusiasmo sin razón, así que no esperamos grandes noticias a causa de esto— ¡ ¿No está hérgmosá la noche con esa luna?! —varias personas se giraron a mirarla, no por que estuviera siendo muy escandalosa, sino por su típica feminidad francesa, perfecto corte carré rubio, un lunar debajo del ojo derecho que le aportaba dulzura y un je ne sais pas quoi que llamaban la atención allí a donde fuera.

—Todas las noches tienen luna —respondió Belén a su compañera de piso y salió a fumar.

Sophie, que se esforzaba en ponerle alegría a la noche, defendía su comentario sobre el satélite.

—Está distinta, brilla más, échale un vistazo, que tú, para ser la únicá que está con un chico podrías mostrarte más sensible en la víspergá de…

—San Valentín. Qué depresión, güey… hoy me emborracharé a tequila, y mañana también —Apareció Luciana (29), cumpliendo con todos los estereotipos de mexicana modelo, de taconazos a mechas rubias.

Con Belén ya de vuelta, sólo faltaba Camila para completar el grupo pero, como siempre llegaba tarde, no la esperamos ni para brindar ni para pedir las patatas fritas con salsa especial de la casa que tanto nos gustaban. Todas mirábamos a Sophie quemarse con los chips recién llegados a la mesa mientras se quejaba de lo malo que era el vino tinto, —eso lo hacía en todos los bares que no contaran con una variedad con origen en Bordeaux, como ella, a menos que ya estuviera borracha—. Pero de repente, se desvió nuestra atención a otro lado. Con una coordinación inexplicablemente precisa, nuestros ojos se clavaron en la sedosa y rubia cabellera de nuestro camarero, y en una mano que no era la suya y que hacía correr sus cabellos entre los dedos. Una desconocida total, del lado de la barra de los clientes, tocaba a nuestro intocable. De inmediato volvieron nuestras miradas al centro de la mesa.

—Los buenos están todos cogidos, todos cogidos ya —dijo Belén.

—Me da igual si vienen cogidos, nadie los espera vírgenes, pero, ¿hasta nuestro eterno soltero va a tener novia? —Aunque hacía muchos años que había llegado de Argentina, todavía me divertía darle significado doble a esa palabra.— Además —seguí—, no entiendo nada. ¿Qué hace ligando con otra? Él estuvo re atento conmigo hoy, ¿o no Belén?

—A ver, te ha dicho que estabas guapa y ya. Jamás te tiró los tejos, ni los galgos, como tú dices, ni un posa vasos en la mesa. Nada de forma concreta—Deu n-hi do con la catalana.

—Tranquilas, que sólo le tocó el peló. Podría ser una amiga o la hergmana, es igual de rubia…—Sophie sembró una improbable duda y le devolvió la paz a la mesa.

Supuse que aún quedaban esperanzas. Aunque sólo le había tocado el pelo, algunas ya hacían pucheros, otras pretendíamos que no pasaba nada, pero se trataba de nuestro camarero, el de todas y el de nadie, de nadie en exclusiva.

Por mucho que me hiciera la indiferente, me resultaba imposible no pensar en el día del amor. No sé si había más parejas ante mis ojos o si reparaba más en ellas, pero me estaba entrando una terrible depresión por falta de besos. Y para colmo el cabrón de Cupido ni siquiera podía esperar a su día para iniciar el lanzamiento de flechas, pero le erraba a mi corazón y me daba directo al alma con escenas como esas. ¿Sería capaz de sobrevivir a San Valentín intacta? ¿Y mis amigas? Tres móviles que sonaron en menos de veinte minutos darían respuesta a más de una.

¡Pará con las flechas!

Lo que pasaba en la barra captó nuestra atención de nuevo. No había dudas, los rubios tenían algo. “Algo serio” conjeturamos. La chica se presentó en el puesto de trabajo de él, medio hippie pero no desalineada, era su estilo y a su manera iba guapa. Lo primero que hizo cuando llegó fue tocarle el pelo a los ojos de todos, luego se sentó en la barra, sola. Al rato, llegó una amiga suya más hipster que hippie. Las dos eran foráneas en este bar, y cuando parecía que podían ser los tres amigos, va la cubayá y besa en la boca a nuestro codiciado soltero. “Noooo. Hoy noooooo”, nos lamentábamos todas en mayor o menor medida. Sophie hacía muecas de tragedia griega, Luciana le añadía dramatismo a la obra haciéndose un harakiri con una pajita, y Belén y yo nos reíamos de ellas. En general, nos entretenía mirar al camarero y hacer bromas sobre lo que haríamos con él en la cama; este imaginario de alcoba era una parte fundamental de cada encuentro en ese bar y esta rasta nos lo había arrebatado. También se llevó, con ese beso, el sonrojo que me despertó él ni bien entrar. Sin dudas la noche se estaba poniendo negra. ¿Podía empeorar? Sí, siempre pude ir todo a peor.

Belén y yo nos reíamos de ellas. En general, nos entretenía mirar al camarero y hacer bromas sobre lo que haríamos con él en la cama; este imaginario de alcoba era una parte fundamental de cada encuentro en ese bar y esta rasta nos lo había arrebatado. También se llevó, con ese beso, el sonrojo que me despertó él ni bien entrar. Sin dudas la noche se estaba poniendo negra. ¿Podía empeorar? Sí, siempre pude ir todo a peor.

El silencio duró poco. Llegaron al bar unos chicos que le cortarían el habla a cualquiera, a cualquiera menos a nosotras que no nos calla nada, ni nadie, o no por más de unos segundos, así que yo tuve que forzarme a participar en los comentarios para que mi conmoción pasara desapercibida. Guiris, fijo. Lo notamos en los pantalones pitillos, las camisas de franela a cuadros, pero especialmente en el pelo tirando a colorado, serían holandeses, alemanes quizás… A Luciana se le dibujaron corazones en los ojos, Sophie, sin embargo, se preguntaba por qué nunca iban muchos latinos o españoles a ese bar.

Diferenciamos a los guiris por el atuendo. “El de verde” era el bombón que toda chica querría comerse en el día de los enamorados: alto, de espalda amplia, no muy pelirrojo, barba incipiente, labios rellenitos, ojos celestes, todo lindo —exceptuando lo de los ojos y la barba, se parecía bastante a Jimmy—; y “el de rojo” que, ya mirándolo mejor, era el prototipo de Luciana: cara de niño, un poco de pancita y de baja estatura. Este tipo de chicos era de su gusto exclusivo y, además, se fijaban en ella, así que “se lo dejamos” sin objeción. Los chicos se sentaron en la barra y nos ignoraron, cada uno a su manera: absolutamente, la apetecible pieza de confitería, y parcialmente, el que le gustaba a Lu. Del segundo, yo diría que era más por vergüenza que por falta de interés.

Con la presencia del de rojo, le tenía algo de fe a Luciana en esto de salir indemne al día siguiente. Pero todo dependía del desenlace de esa noche, ya que su misión en la vida, por mandato familiar y televisivo nacional mexicano, era casarse y tener hijos. Comenzar sola el día más importante del año para ella, después del día de la Virgen de Guadalupe, era lo peor que le podía pasar.

—Hazle ojitos al de rojo, es muy tú —Belén animó a la mexicana quien ya calculaba el ángulo de visión para hacerle una pizpireta caída de ojos con sus pestañas, discretas, pero postizas.

Belén espera y desespera

 El móvil de Belén no iba a sonar aunque ella lo mirara de reojo todo el tiempo. A mí me causó gracia  descubrir que, tras constatar que no tenía mensajes de su chico, automáticamente se repasaba el carmín de sus voluminosos labios. Todo en ella era voluptuoso y sensual, pero su boca era lo único que destacaba sin tapujos. Belén nació en Barcelona, pero sus raíces paternas en la Andalucía medieval, allá arriba por Ronda, le habían forjado una coraza que la haría sobrevivir a este día sin problemas. Salía con nosotras desde que sus amigas catalanas estaban todas de novias tirando a casadas, y ella, que tenía un rollo a menos ratos de lo que deseaba, tuvo que buscar su grupo de solteras. Y lo había encontrado.

Belén era una de las mías, aunque más en apariencia. Decía no querer compromisos, pero creo que esa voluntad era más de su rollo que de ella. No era muy romántica, eso es cierto, pero sufría en silencio, y el silencio frente a los planes del día próximo me hacía pensar que Santiago, que de santo no tenía un pelo, no se había decidido a pasar con ella el día siguiente.

—Qué fuerte, ¿hace un año que salen y no tienen planes para mañana? —inquirió Luciana—. Es un cabrón, como todos —Ya estaba irascible y todavía había un mensaje a punto de caerle…

—Tampoco somos novios y hoy trabaja hasta tarde en el bar, por eso no hemos concretado aún —Lo justificaba Belén.

A mí no me engañaba, este pecaba de pensamiento, palabra, obra y omisión, pero no todo era por su culpa y su gran culpa, Belén lo perdonaba una y otra vez en lugar de excomulgarlo de su vida para siempre.

—Pero aunque salgá tarde podrán verse luego, ¿no…? —Siguió Sophie con la boca llena de patatas, siempre se las metía de a tres en la boca. Su comentario no se llegó a entender bien y se perdió en el aire, para suerte de Belén.

Sophie y los que la quieren

—Ménsajé —Sacando el móvil del bolso, anunció Sophie en un español que venía perfeccionando hacía años como filóloga hispánica. Sólo arrastraba algunas erres y a veces confundía acentos o ponía más de uno en la misma palabra.

—¡¿Quién te escribe?! —La curiosidad asaltó a Belén más que al resto.

—Rogelio, el violonchelista que conocí en el centro cívico de Horta. ¡Me dice de salir mañana!

—¡¿Quién?! —expresamos todas, pero no nos sorprendió mucho no tener ni idea de quién era, ni que pareciera no tener nada que ver con ella.

Sophie siempre tenía novios que le duraban poco, pero no sufría las pérdidas. Salía más bien con cualquiera que la quisiera querer. Una vez salió con un esquimal canadiense, lo juro. Recuerdo que el día que nos lo presentó, iba de civil, así que creerle era un acto de fe. No digo que esperara verlo llegar en trineo y con una foca muerta al hombro, pero no sé, una capucha de pelos como mínimo, era invierno después de todo… pero no, el chico se presentó como un moderno cualquiera. Recuerdo que se acariciaba la larga barba mientras me contaba que se había cansado de vivir en el mundo yuppie de su familia, que necesitaba saber lo que era ganarse el estar donde estaba para poder disfrutar de esos placeres. Total que se fue con un grupete de amigos en busca de sus orígenes a la parte más salvaje de Siberia.  Allí convivieron con una población de esquimales, en iglúes y todo durante algunos meses hasta emprender el camino a casa, en plan “El último superviviente”. Zarparon en una precaria embarcación —sus parámetros de precariedad pueden ser discutibles— y, cuales mongolos, cruzaron el estrecho de Bering rumbo a su Canadá natal. No sé dónde estará ahora, pero ese día que lo vi en Barcelona se hospedaba en el Casa Fuster, al final del Paseo de Gracia, el hotel con más pompa de toda la ciudad. Y se dedicaba a no hacer nada porque se lo había ganado con su expedición, obvio. Sólo Sophie sale con esta clase de rarezas.

Me reí al pensar que Rogelio, raro o no, al menos nos daría una historia divertida que contar. ”Comprar palomitas para la juntada del domingo”, me apunté mentalmente.

Tocada y herida

Mi móvil me trajo de vuelta al presente pero, por suerte, sólo lo noté yo. El pulso se me aceleró otra vez, los ojos se me abrieron tanto que me dolieron. Dolerme, me dolía hasta el alma en ese momento; cómo si me hubiera atravesado el pecho una punta filosa y envenenada. Otra vez Jimmy. “¿Qué hace escribiéndome? ¿Por qué a mí? ¿Por qué hoy? ¿Por qué, Dios, por qué?” Yo quería un catorce de febrero en paz, estaba lista para eso por primera vez en mi vida.

Cuando estaba en pareja esperaba un poco de romanticismo ese día. Esperaba algo que jamás llegaba. Tampoco es que sea una chica a la que le guste todo rosita, sólo que, como nunca antes había tenido novio, deseaba que pasara algo un poco especial. Pero nada, mi ex se había encargado de destrozarme la ilusión año tras año poniendo como excusa “lo del capitalismo”; así que ahora, que estaba felizmente soltera, menos pretensiones tenía aún. Pese a mi resignación, mi primer San Valentín después de dejarlo con mi ex fue el más bonito que había tenido. “Ay Moritz… ¿Vos también te acordarás de mí mañana…? ¿Dónde estarás…? ¿Te encontraré algún día?”

Está claro que San Valentín me agarró con el corazón blandito. ¡Por Dios, que me dejara de escribir Jimmy! Además, si algo aprendí de mi seudo-relación con él, era que, para qué involucrarme con alguien y sufrir, si tengo claro que quiero estar soltera… No iba a leerlo. Sé que puede sonar raro pero, cuando me pasan cosas así de fuertes, las reacciones me llegan con retraso.

Qué estaba haciendo la amiga de la hippie, era lo que nos preguntábamos todas cuando la vimos iniciar una conversación con el de verde. ¡Por el amor de Dios, qué acaparadoras estas dos! La cosa se estaba poniendo rara. Luciana perdía valor para conquistar al de rojo, así que pidió una ronda de tequila para todas. Obvio que lo aceptamos gustosas, después de todo, era viernes trece y la nochecita acababa de empezar…

El camarero ya estaba entregadísimo a los besos de la hippie —¿el dueño no le pensaba llamar la atención?—; Luciana estaba a punto de “pestañearle” al de rojo después del tequila sin sal ni limón; Belén, quedara o no con su rollo, al menos tenía algo en qué pensar; Sophie tenía cita, aunque fuera con un raro; y yo ya empezaba a sentir un poco de envidia por estas relaciones que no eran nada. Me llevé las manos a la cara y sentí que mis labios ejercían una leve presión en la palma. No me sorprendió, ya había descubierto hacía tiempo esta reacción de mi boca cuando sufría síndrome de abstinencia de besos. El miedo a la recaída con Jimmy estaba al acecho y me perseguía como Jack el destripador. Ya me imaginaba por el suelo y con el corazón destrozado otra vez.

Pero, ¿por qué el miedo?, ¿por qué iba a recaer, si yo salí muy segura de mi casa, decidida a pasar San Valentín sin un hombre al lado? No hallé una respuesta. Sólo supe que quería besos y más besos.

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