Las sombras después del incendio

Las sombras después del incendio

Cada noche te hundes desesperado en el lodo. No es fácil deshacerse de las sombras después del incendio.

No pude evitarlo. Me amenazó, eso es todo. Si no lo hubiera hecho ahora sería yo quien tragaría la tierra lentamente. Él me hubiera matado. Ayer el juez dictó mi sentencia.

Lo has conseguido, atrás quedaron los días que clavaste en mi cabeza tus absurdas teorías de cómo ser la esposa perfecta. Si no lo hubiera matado sé que ahora estaría muerta.

De niña me gustaba recorrer las calles y arrastrar los pies por la arena húmeda, la misma que ahora escupes en tu infierno infinito. La primera vez que me tapaste la boca todavía no había terminado la primavera. Nuestros cuerpos enredados en ese suspiro que araña mi garganta. Hoy no te besaré, mañana tampoco. En el salón juegas con mis cabellos, te gusta arrancar uno a uno mis recuerdos mientras mis uñas arañan el pastel.

Ayer decidí poner punto y final. Te hundiste en el lodo. En esta celda regresas cada noche para escupir alcohol en mis sueños. No respiro, ahora ya no.

Tal vez hemos muerto

Tal vez hemos muerto

Nos quedamos fuera de la casa, desterrados al jardín salvaje. Olvidé la llave de tu corazón en la mantequilla. Ahora la vegetación se abre paso lentamente en nuestra nevera.

He descubierto el agujero de mi cabeza del que tanto me hablaste. Por allí entra y sale la copa de whisky, la ruta de cada noche, el estúpido despertador.

Nos convertimos en amantes enredados a un televisor. La cuchara arranca en la pantalla los ojos de los monos.

No nos dimos cuenta demasiado tarde. Las ramas del árbol de Navidad penetran las paredes del salón, mientras el esqueleto de septiembre se arruga en la soledad.

La mano anciana arrancaba los recuerdos de la infancia uno a uno. Y nosotros fuera del tiempo, talvez hemos  muerto.

Nunca se lo perdonaré

Nunca se lo perdonaré

Me desperté con una maraña de hilos en la cabeza. Confieso que nunca me había pasado algo similar. La discusión terminó cuando él tiro mi pecera por la ventana.

Nos conocimos en la sección de lácteos de Carrefour. Allí cruzamos nuestras miradas sobre el último yogurt desnatado. Sonreíste y me mostraste tu dentadura en perfecta harmonia. Creo que el interior de las persona comienza en sus dientes.

Aquella tarde llovía y no me pareció mal refugiarme en tu guarida. Tropezamos en el salón con las coincidencias habituales.
—¿Y si nos comemos el yogurt en mi cama?

Dos años y un desfile de tortugas en televisión, la aguja atravesó mis ojos lentamente para tejer un falso escenario. Sabía que si tiraba del hilo que enredaste en mi cabeza descubriría tu mentira. Hasta el día que ella dio el paso definitivo y me dejó la nota en la nevera.

Patricia, sabes que soy tu mejor amiga. Perdona pero me comí tu yogurt.

Él se sentó en la cama y me mostró mi lista de defectos. Los he recopilado día a día en esta libreta, ya terminé las páginas debes irte.

Conseguí saltar a tiempo por la ventana y rescatar mi pecera en el aire. La abracé con fuerza.

Ahora todo está en en orden.

El día que olvide

El día que olvide

Abuelo…mañana me acompañarás al parque otra vez, ¿verdad?

Si llega el día que olvido tus manos, y ya no sé quien eres,
si mi piel arrugada del invierno olvida que eres mi niña,
si un día no amanece y vivo en oscuridad,
si cantas nuestra canción pero ya no recuerdo nuestros silencios,
si un día ya no sé mirar al horizonte y  me envuelve un muro gris que estruja poco a poco mi cerebro,

si algún día ya no respondo…

dime que estás aquí,

abre el cajón donde escribimos nuestros sueños,
mírame, porque te veré desde otra isla,
y mi mente dará vueltas en un tiovivo agónico,

no me dejes sólo y lejos de tus sonrisas,
seré naufrago en lo más profundo de un mar inevitable,

si un día crees que ya no estoy,
recuerda el día que te conté un cuento de hadas
dónde volabas con tu mariposa de papel
y jugamos en el columpio que te hizo crecer,

me acompañarás al parque mañana, ¿verdad?

Me abandonó mi tabla de planchar

Me abandonó mi tabla de planchar

La semana pasada mi tabla de planchar me abandonó. El día que llegó a casa me aseguraron que pertenecía a una ilustre familia.

Desde hace tiempo era lo único que me daba conversación. Por las noches me explicaba secretos de todas las camisas ilustres que planchó. Desde políticos corruptos, ciclistas o toreros. Trajes de novia pagados en B, calzoncillos de color madalena y calcetines cubanos.

Ella me dejó una tarde y me tiré en plancha por el balcón.

—¡Si tanto la quieres vete con ella!

El error fue adquirir una secadora con sistema antiarrugas.  Hasta mis camisas se declararon en huelga cuando mi tabla se fue.

Ahora estoy triste y no puedo dejar de pensar en ella.

Nos conocimos en Caprabo. Mis amigos me admiraban. Poca gente puede presumir de ir al cine con una tabla de planchar de 1.80m.

Ahora añoro doblar sus hierros, acurrucarla en el armario. Soplarle mis vapores. La necesito porque sin ella no soy nada.